Arteazuer
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miércoles, 27 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
Un bello broche final
Quiero despedir el curso compartiendo con vosotr@s una preciosas palabras que Cecilia leyó mientras de fondo sonaba "Whatever" de Oasis, fantásticamente interpretado por Lorena, M.José y Lidia, una auténtica obra de arte en su conjunto.
Gracias chic@s...
No sé si llevarme la calidad, o la palabra de cuatro letras que no nos ha dejado dormir. No sé si la necesidad de ponernos a prueba cada instante o la competición. No creo. Prefiero el magnífico equipo que nos ha enseñado a remar hacia el mismo lugar. Prefiero los mejores consejos. Prefiero los miserables gestos del sabio, el pelo canoso de tanta experiencia. Prefiero que el amor le de sentido a la vida y que la muerte no nos asuste. Y que se escriban libros con la infinita ternura de un padre. Prefiero experimentar cada día, y jugar con la ciencia y amoldarla a mi medida, y cambiar de unidad. Tendré en cuenta la valentía de cada generación, y sus historias, que son las nuestras. Voy a analizar cada una de vuestras oraciones para que me llegue al alma, y allí guardarlas para siempre. Traduciré a las lenguas que hagan falta lo que me habéis hecho sentir, para que el mundo entero pueda entenderlo. Y escribiré mi vida en un trocito de papel, lo meteré en una botella y lo tiraré al mar.
Os he estudiado cada día, he leído entre líneas vuestras sonrisas, vuestros nervios, cada preocupación y cada duda. He podido naufragar a muy pocos metros de cada uno de vuestros enormes corazones. Hemos sido la tripulación idónea, con el viento a favor, y con las nubes. Los días de tormenta nos han hecho más fuertes, y las puestas de sol han querido vernos crecer. Es difícil viajar en un barquito de vela en plena tempestad y en medio del océano, pero lo hemos conseguido. Y por eso gracias. Gracias por corregir errores y aplaudir virtudes. Por ser compañeros, amigos, náufragos al fin y al cabo. Porque no sé dónde me lleva la brisa en nueva barquita, no sé si nuestros puertos estarán demasiado lejos. No sé si sabré remar sola, llegar a la orilla sin vuestro aliento, sin vuestras ganas, y con un miedo aterrador a lo desconocido. Sabed que os llevaré en la botella donde está el papel donde escribo mi vida, porque vosotros ya formáis parte de ella.
Y por último agradecer los cafés a media noche, los besos más sinceros, la mirada de confianza de aquellos que han estado tan cerca. Los del nudo en la garganta al ver que nos alejamos, los que han intentado y conseguido que seamos quienes somos. Que tengamos el valor de enfrentarnos a la vida con lágrimas en los ojos, pero con la mejor de nuestras sonrisas. Y a los que estando tan arriba han sabido colocar las estrellas para que sigamos nuestro camino con el coraje con el que ellos, un día, lograron hacerlo.
GRACIAS, Y HASTA SIEMPRE.
Cecilia Amores Garrido
martes, 21 de febrero de 2012
viernes, 25 de noviembre de 2011
martes, 26 de julio de 2011
La profesora de arte
La siguiente, es una reflexión de Arturo pérez Reverte que me ha gustado, seguro que a vosotros también...
La profesora de Arte
La profesora de Arte
En la vida de todo hombre hay mujeres que lo marcan para siempre. Eso incluye a madres, esposas, hijas, amantes o cualquier otra variedad imaginable del asunto. En ocasiones, algunos individuos más o menos afortunados vislumbran claves ocultas, secretos de la vida a través de los ojos de esas mujeres. Llegan a conocer mejor el mundo y a ellos mismos gracias a lo que ven o creen ver en la mirada de ellas, y también en sus actitudes, sus palabras y especialmente sus silencios. Alguna vez escribí, o dije, que nadie habla con silencios mejor que las mujeres. O con palabras, cuando se ponen. Sobre todo si salen al palenque hartas, fatigadas o heridas.
Hoy quiero contarles de una mujer que marcó mi vida. Su nombre figura en libretas de apuntes que conservo desde hace más de cuarenta años, y que contienen las notas que tomé en 6.º y Preu sobre Historia del Arte. Por aquel tiempo yo era un jovenzuelo insolente con la mochila llena de libros, a punto de viajar a la isla de los piratas. Me habían echado de los Maristas y conseguí asilo en el Instituto de Cartagena. Sólo éramos once en Letras, y los profesores de Literatura, Latín, Griego, Filosofía e Historia, también recién llegados, resultaron jóvenes y brillantes. Nos dieron tres años de felicidad intelectual con alicientes extras: Gloria, la profesora de Griego, usaba minifaldas de vértigo y tenía unas piernas espectaculares; y la profesora de Historia del Arte era dulce, tímida y sabia. Se llamaba María Amparo Ibáñez; y, como digo, conservo sus apuntes porque son metódicos y perfectos. Todavía ahora, cuando necesito refrescar un dato de modo urgente, acudo a ellos antes que al Summa Artis, al Espasa o al René Huyghe. Por eso siguen al alcance de mi mano, en el estante más próximo a la mesa donde trabajo.
Esa profesora nos enseñó a mirar a través de sus ojos: arquitrabes, volutas, arbotantes, frescos, veladuras, adquirieron sentido gracias a su inteligencia paciente. Ella nos llevó de la mano desde el arco de adobe a la nervadura gótica, del tesoro de Atreo a la silla de Frank Lloyd Wright, de la cerámica cordada a las sombras largas de Chirico. Enseñándonos, entre otras cosas útiles, que la Historia del Arte, como la Historia a secas, es mucho más que una disciplina académica: es un espejo familiar donde mirarse, un libro ameno que explica lo que fuimos y somos. Un rico sedimento de siglos que proporciona al hombre occidental -o a lo que va quedando de él- memoria, explicación y consuelo. Sin Amparo Ibáñez, sin sus explicaciones y su inteligencia, sin su fe imbatible en los once muchachos que, con ella, analizaban fascinados el último detalle de cada catedral, cada escultura y cada cuadro, mi vida sería hoy, seguramente, muy distinta. Con la mirada que esa mujer me educó pude escribir, más de veinte años después, La tabla de Flandes: la historia de una joven que mira un cuadro como quien descifra un enigma, del mismo modo que, gracias a mi profesora, aprendí yo a mirar con diecisiete o dieciocho años. Y tampoco, sin esa mirada que luego contempló cosas que nada tienen que ver con la Historia del Arte -aunque en el fondo quizá tengan que ver, y mucho-, habría podido escribir más tarde la novela que llamé El pintor de batallas sin que haya nada casual en la elección del título: la historia del hombre que, encerrado en una torre circular, pinta en sus muros la fotografía que nunca logró hacer: el paisaje-resumen devastado, monótono, implacable, de todo el horror y todas las guerras.
Hoy quiero contarles de una mujer que marcó mi vida. Su nombre figura en libretas de apuntes que conservo desde hace más de cuarenta años, y que contienen las notas que tomé en 6.º y Preu sobre Historia del Arte. Por aquel tiempo yo era un jovenzuelo insolente con la mochila llena de libros, a punto de viajar a la isla de los piratas. Me habían echado de los Maristas y conseguí asilo en el Instituto de Cartagena. Sólo éramos once en Letras, y los profesores de Literatura, Latín, Griego, Filosofía e Historia, también recién llegados, resultaron jóvenes y brillantes. Nos dieron tres años de felicidad intelectual con alicientes extras: Gloria, la profesora de Griego, usaba minifaldas de vértigo y tenía unas piernas espectaculares; y la profesora de Historia del Arte era dulce, tímida y sabia. Se llamaba María Amparo Ibáñez; y, como digo, conservo sus apuntes porque son metódicos y perfectos. Todavía ahora, cuando necesito refrescar un dato de modo urgente, acudo a ellos antes que al Summa Artis, al Espasa o al René Huyghe. Por eso siguen al alcance de mi mano, en el estante más próximo a la mesa donde trabajo.
Esa profesora nos enseñó a mirar a través de sus ojos: arquitrabes, volutas, arbotantes, frescos, veladuras, adquirieron sentido gracias a su inteligencia paciente. Ella nos llevó de la mano desde el arco de adobe a la nervadura gótica, del tesoro de Atreo a la silla de Frank Lloyd Wright, de la cerámica cordada a las sombras largas de Chirico. Enseñándonos, entre otras cosas útiles, que la Historia del Arte, como la Historia a secas, es mucho más que una disciplina académica: es un espejo familiar donde mirarse, un libro ameno que explica lo que fuimos y somos. Un rico sedimento de siglos que proporciona al hombre occidental -o a lo que va quedando de él- memoria, explicación y consuelo. Sin Amparo Ibáñez, sin sus explicaciones y su inteligencia, sin su fe imbatible en los once muchachos que, con ella, analizaban fascinados el último detalle de cada catedral, cada escultura y cada cuadro, mi vida sería hoy, seguramente, muy distinta. Con la mirada que esa mujer me educó pude escribir, más de veinte años después, La tabla de Flandes: la historia de una joven que mira un cuadro como quien descifra un enigma, del mismo modo que, gracias a mi profesora, aprendí yo a mirar con diecisiete o dieciocho años. Y tampoco, sin esa mirada que luego contempló cosas que nada tienen que ver con la Historia del Arte -aunque en el fondo quizá tengan que ver, y mucho-, habría podido escribir más tarde la novela que llamé El pintor de batallas sin que haya nada casual en la elección del título: la historia del hombre que, encerrado en una torre circular, pinta en sus muros la fotografía que nunca logró hacer: el paisaje-resumen devastado, monótono, implacable, de todo el horror y todas las guerras.
Hace algún tiempo, cuando firmaba libros después de presentar una de mis novelas en Valencia, vi a Amparo Ibáñez en la cola de lectores, aguardando paciente con un libro en las manos. No la había vuelto a ver desde el Instituto, pero la reconocí en el acto: delgada, menuda, tímida. Estoy lejos de ser un fulano de lágrima fácil; pero verla allí, como uno más, me conmovió las entrañas. La cola de lectores era interminable: había mucha gente esperando una dedicatoria, y yo me iba esa misma noche. Así que hice cuanto pude. Como siempre firmo de pie, no tuve que levantarme. Hablé atropelladamente de lo mucho que mis libros y mi vida le debían. De la deuda inmensa y del indeleble recuerdo. Ella asentía complacida de escuchar aquello, mientras yo garabateaba unas líneas apresuradas en la página de cortesía de la novela. Después la besé y me quedé mirándola un momento, con dolorida impotencia, antes de atender al siguiente lector que aguardaba. Así la vi perderse entre la gente, con el libro firmado que apretaba contra el corazón. Entonces decidí que alguna vez, si lograba no ponerme demasiado sentimental, escribiría unas líneas como las que ahora escribo. Para decirle, al fin, lo que entonces no le dije.
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