José de Ribera
Óleo sobre
lienzo, 2,34 x 2,34 m
El Prado
Durante mucho tiempo fue
interpretado como San Bartolomé, pero no lleva su atributo / el cuchillo con
que fue desollado), en cambio San Felipe no fue crucificado en la cruz sino
atado a ella. Pudo ser un encargo del rey Felipe IV.
Representa
el martirio de San Felipe, apóstol que
predicó en la ciudad de Gerápolis, Asia Menor, y fue crucificado.
Al
igual que Caravaggio en su Crucifixión de
San Pedro Ribera representa a San
Felipe como un hombre cualquiera, relativamente joven, con la angustia y a la
vez la resignación mística ante la tortura que le espera, escrita en el rostro
y un cuerpo con pormenorizado estudio
anatómico.
Los esbirros que le levantan están
concentrados en su actividad. Los espectadores, unos con indiferente curiosidad
y cierto clasicismo a la izquierda, a la
derecha un soldado cansado, apoyada la cara sobre su mano mira a los que trabajan. Gran naturalismo en
general.
El
santo colocado en diagonal atado al palo que con el tronco vertical que recorre
el lienzo, forma una cruz. Es el centro de la composición y la figura con más
luz., contrastada con la oscuridad de los verdugos. En la parte de abajo, en
contraste tenebrista En cambio el fondo no está en penumbra como la crucifixión
de Caravaggio u otras composiciones tenebristas del propio Ribera, sino que es
un cielo con nubes.
Igual que Caravaggio lo hacía en
muchas de sus composiciones, Ribera introduce
un rojo fuerte, en este caso en el esbirro agachado, que aumenta el
dramatismo.
El
martirio está ocurriendo en un primer plano, en un lugar alto con espacio
reducido. El volumen además de con el modelado lo marca con escorzos
pronunciados como con la figura de rojo y la pierna de la figura con el pañuelo
en la cabeza.
Ribera en este caso, como todos los pintores
españoles, se puso al servicio de las ideas de Trento.
El patizambo.
RIBERA S XVII (1642)
Óleo sobre
lienzo, 1,64 x 92 cm.
Louvre.
Posiblemente se realizó para Don
Ramiro Felipe de Guzmán, virrey de Nápoles. Antes de estar en el Louvre era de
un médico parisino.
Es la figura de un niño mendigo
(en la mano izquierda lleva una hoja con la inscripción: Dame una limosna por amor de Dios”) y tullido: los pies deformados,
un brazo, el que recoge el hato, contrahecho, con el otro sujeta la muleta
echada en el hombro. A pesar de estas deformidades, el niño con orgullo nos
sonríe, con dientes deformados y enseñando las encías. Sus ojos tampoco denotan
la inocencia de la infancia. Es un rostro envejecido.
Como buen barroco, Ribera pinta
contrahechos y anomalías físicas (otro caso es la mujer barbuda), como hace
también Velásquez.
La composición es simple, el
niño y el paisaje con tonos ocres monocromos, tan del gusto español de
entonces, se recortan sobre un fondo de
cielo azul con nubes, que hace que la figura sea más monumental o quizá más
solitaria, también al estar más alto que
el espectador.
Ribera, aparte de la moda de
representar gente con deformidades, está dando un mensaje religioso, la
obligación de la caridad cristiana y de las buenas obras para conseguir la
salvación (lo que negaban los protestantes). También el mendigo, con esa
sonrisa orgullosa, y su cartel pidiendo limosna, tiene muy asumido su derecho a
recibir la limosna.
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